“¡Ya viene el esposo! ¡Salgan a su encuentro!”

LECTURA ORANTE DEL EVANGELIO
“LECTIO DIVINA”

“¡Ya viene el esposo! ¡Salgan a su encuentro!”

LECTIO ¿QUÉ DICE EL SEÑOR?

Texto: Mt 25, 1-13:
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: “El Reino de los cielos es semejante a diez jóvenes que, tomando sus lámparas, salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran descuidadas y cinco, previsoras. Las descuidadas llevaron sus lámparas, pero no llevaron aceite para llenarlas de nuevo; las previsoras, en cambio, llevaron cada una un frasco de aceite junto con su lámpara. Como el esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.
A medianoche se oyó un grito: ‘¡Ya viene el esposo! ¡Salgan a su encuentro!’ Se levantaron entonces todas aquellas jóvenes y se pusieron a preparar sus lámparas, y las descuidadas dijeron a las previsoras: ‘Dennos un poco de su aceite, porque nuestras lámparas se están apagando’. Las previsoras les contestaron: ‘No, porque no va a alcanzar para ustedes y para nosotras. Vayan mejor a donde lo venden y cómprenlo’.

Mientras aquéllas iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban listas entraron con él al banquete de bodas y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras jóvenes y dijeron: ‘Señor, Señor, ábrenos’. Pero él les respondió: ‘Yo les aseguro que no las conozco’.

Estén, pues, preparados, porque no saben ni el día ni la hora”.
Notas para entender mejor lo que dice el texto:
1. En la primera parte de la parábola se describen dos grupos de jóvenes en situación contrapuesta, descuidadas y previsoras, ante la llegada del esposo. Pero con algo en común: “Les entró sueño a todas”.
2. En la segunda parte aparece la preparación de las previsoras y la desesperación de las descuidadas. Llama la atención que las previsoras no compartan su aceite con las descuidadas. Cuando llega el esposo ya no es momento para eso.
3. En la tercera parte aparece el desenlace: las previsoras entran al banquete y las descuidadas se quedan fuera.
4. El evangelio termina con la conclusión “Estén, pues, preparados, porque no saben ni el día ni la hora”.

MEDITATIO ¿QUÉ NOS DICE EL SEÑOR?

Para entender mejor el evangelio hay que tener en cuenta que, según las costumbres de Israel, los padres hacían el contrato de bodas de sus hijos y que, después de los desposorios, aunque ya eran esposos, cada uno seguía viviendo en su propia casa. Cuando llegaba el día de la boda, el novio (o esposo) acompañado por sus amigos se dirigía a la casa de la novia. Las amigas de la novia salían a su encuentro y lo conducían a la presencia de la novia que se encontraba tapada con un velo. El novio quitaba el velo de la novia (o esposa) y cantaba la alegría de haber encontrado un gran tesoro. Enseguida se iban en procesión hasta la casa del novio donde se realizaba el banquete. Sin embargo, en este caso el esposo se tardó y las jóvenes se durmieron. No obstante, no hay ningún indicio de que las jóvenes hayan hecho mal en dormirse. El sueño de las jóvenes no equivale a no esperar, pues el evangelio dice que: “Les entró sueño a todas y se durmieron”. El problema estuvo, para algunas, en no hacer los preparativos para esperar tranquilas la venida del esposo.

En las primeras comunidades cristianas se esperaba la venida del Señor de un momento a otro, pero luego cayeron en la cuenta de que se tardaba. El hecho de que se durmieron todas indica, por un lado, que el esposo no llegó cuando se esperaba y que había que esperarlo confiadamente. Lo más importante no era si se tardaba o llegaba pronto, sino estar preparados para su llegada. El grito: “Ya viene el esposo”, es la señal de que ha llegado el momento del encuentro o del desencuentro. En este sentido, la súplica de las vírgenes descuidadas indica un intento desesperado de hacer algo cuando ya no es tiempo para hacer. La negativa de las prudentes no es un egoísmo salvífico, sino que a partir de la llegada del esposo ya no hay tiempo para la caridad. Sin embargo, parecería que el imperativo de las prudentes: “Vayan mejor a donde lo venden y cómprenlo” pudiera indicar que todavía es tiempo para hacer algo. En realidad, esto sólo sirve en el relato para preparar el momento del juicio: “Las que estaban listas entraron con él al banquete de bodas y se cerró la puerta”.

Hablar de cinco jóvenes descuidadas y cinco previsoras, lo único que indica es la responsabilidad personal en la salvación. Nadie va a responder por nosotros al Señor, nadie va a salir al encuentro en nuestro lugar. Sólo hay dos modos de estar en relación con el Reino: esperándolo o rechazándolo. Los cristianos no sólo creían en la venida del Señor, sino que la deseaban. Esperaban la pronta victoria de Dios sobre el mal y sobre los malvados. No se sabía cuándo llegaría y de qué manera, pero se esperaba en un futuro inmediato. Es posible que la demora del esposo indique que la Iglesia de san Mateo ha experimentado ya una cierta tardanza de la segunda venida del Hijo del hombre. De hecho, la exhortación final parece insinuarlo: “Estén preparados, porque no saben el día ni la hora”.

La conclusión de la parábola es una exhortación a la vigilancia, es decir a la fidelidad como lo indica la parábola del siervo fiel (cfr. Mt 24, 45-51) y la parábola de los talentos (cfr. Mt 25, 14ss). En ese sentido, las vírgenes sensatas han sido fieles (cfr. Mt 24, 45; 25, 23), han hecho (cfr. Mt 25, 45) lo que había que hacer en la espera del Señor: tener siempre aceite para las lámparas. El aceite es vivir con gratitud, dignidad y responsabilidad como seres humanos e hijos de Dios. Haciendo así siempre tendremos aceite para salir al encuentro del Señor cuando él vuelva. La vida es un encuentro y la muerte también. El que viene al mundo se encuentra primero con su madre, luego con sus hermanos, más tarde los vecinos y el encuentro matrimonial. Durante la vida, en la fe, también se encuentra con Dios, pero al final de ella será el encuentro definitivo con Dios.

La vida cristiana es estar a la espera del Señor, viviendo en la fidelidad. El hecho de que el esposo haya llegado a media noche indica que se tardó más de lo esperado. Los creyentes de ahora sabemos que el final vendrá tarde o temprano y que ese futuro se construye viviendo intensamente el presente. El final del evangelio dice: “Estén, pues, preparados porque no saben ni el día ni la ahora”. Al no saber cuándo vamos a morir, no podemos dejar para mañana nuestra conversión. El Cardenal Francisco Javier Nguyen Van Thuan, cuando cayó prisionero, decidió no vivir esperando el futuro de su liberación, sino vivir el momento presente colmándolo de amor, incluso para los mismos soldados que lo tenían prisionero.

La parábola de las diez vírgenes es una luz en el camino al encuentro y contemplación del Jesús que vino, que viene y que vendrá. Como en las bodas de Canaán, aquí no se mencionan los que se casan, sino las que acompañan a la esposa. Ellas son las protagonistas de la historia, sobre todo si están preparadas con aceite para seguir al esposo y entrar con él al banquete de bodas. Se trata de todos nosotros que formamos parte de la Iglesia, es decir de la esposa, que a lo largo de la historia vive una constante espera del Señor. Como no sabemos el día ni la hora en que llegará el esposo hay que estar ocupados en el momento presente haciendo la voluntad de Dios. Si hacemos esto tendremos aceite y estaremos vigilantes y en espera gozosa y anhelante de la venida del Señor: “Ven, Señor Jesús” (Ap 22, 20).

ORATIO ¿QUÉ LE DECIMOS AL SEÑOR?

Señor Jesús, como Hijo de Dios viniste al mundo en la encarnación, después de la resurrección subiste a los cielos y dijiste que vendrías al final de los tiempos lleno de gloria, pero mientras tanto no nos has dejado solos, sino que espiritualmente vienes constantemente a nuestro encuentro. Concédenos la gracia de esperarte con las lámparas encendidas.

Señor Jesús, en el bautismo se nos hizo hijos de Dios y se nos dio la luz de la fe y se nos dijo que la mantuviéramos encendida para salir a tu encuentro cuando vinieras al final de los tiempos. Sin embargo, nosotros nos descuidamos pensando que te vas a tardar. Concédenos vivir en la fidelidad, en la justicia y en la caridad porque no sabemos el día ni la hora.

Señor Jesús, no permitas que nos olvidemos de tu amor, toca constantemente a la puerta de nuestro corazón para que estemos siempre vigilantes y atentos a los signos de tu presencia, de tu venida y de nuestro final en este mundo. Concédenos la gracia de vivir cada día y cada momento de nuestra vida ordinaria en la fidelidad y en la esperanza de la vida eterna.

OPERATIO ¿QUÉ NOS PIDE EL SEÑOR?

El Señor quiere que personal y responsablemente estemos siempre esperando su venida. Cuando él venga nadie va a responder por nosotros, nadie va a salir al encuentro del Señor en nuestro lugar. Para ello siempre hay que tener aceite en nuestras lámparas, es decir que siempre hay que vivir en la fidelidad como hijos de Dios haciendo su voluntad.

El Señor nos pide, simple y sencillamente, vivir nuestro bautismo en el cual se no hizo hijos de Dios y se nos dio la luz de la fe, por tanto, debemos vivir como hijos de la luz, como seguidores de Jesús que dijo: “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12).

El Señor quiere que vivamos el presente en plenitud. En todo momento debemos vivir como hijos de Dios. No sabemos cuándo será el último día de nuestra vida. No podemos dejar para el último día nuestra conversión, pues no sabemos cuándo será ese día. La vida eterna hay que tratar de conquistarla ahora, el mañana vendrá, pero hay que prepararlo cada día.

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla

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