Primer Domingo de Adviento: “Velen y estén preparados”.

LECTURA ORANTE DEL EVANGELIO
“LECTIO DIVINA”

“Velen y estén preparados”

LECTIO ¿QUÉ DICE EL SEÑOR?

Texto: Mc 13, 33-37
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Velen y estén preparados, porque no saben cuándo llegará el momento. Así como un hombre que se va de viaje, deja su casa y encomienda a cada quien lo que debe hacer y encarga al portero que esté velando, así también velen ustedes, pues no saben a qué hora va a regresar el dueño de la casa: si al anochecer, a la medianoche, al canto del gallo o a la madrugada. No vaya a suceder que llegue de repente y los halle durmiendo. Lo que les digo a ustedes, lo digo para todos: permanezcan alerta”.
Notas para entender mejor lo que dice el texto:
1. La primera palabra del Evangelio es un imperativo: “Velen y estén preparados…”.
2. Enseguida tenemos una parábola o comparación: el hombre que se va de viaje y encomienda a cada quien lo que tiene que hacer y encarga al portero que este vigilando.
3. Conclusión de la comparación: “Así también velen ustedes porque no saben a qué hora va a regresar el dueño de la casa”.
4. Así pues, la enseñanza principal es “velar” y como contraparte no dormirse: “No vaya a suceder que llegue de repente y los halle durmiendo”.

MEDITATIO ¿QUÉ NOS DICE EL SEÑOR?

Con este primer domingo de adviento hemos iniciado un nuevo año litúrgico. Adviento significa venida, o sea que empezamos el año litúrgico con un tiempo en el que, de manera especial, meditamos en la venida del Señor. Pero ¿de qué venida se trata? Se trata principalmente de la venida histórica en la carne, se trata de la Navidad. Pero al pensar en la Navidad también pensamos en la última venida al final de los tiempos y, por supuesto, también esperamos la continua venida espiritual.

Así pues, el adviento, en primer lugar, es un tiempo de espera para celebrar gozosamente la Navidad, es decir la venida histórica en la humildad de la carne. En efecto, el Señor vino ya, cuando se encarnó en las purísimas entrañas de la Santísima Virgen María y se hizo hijo de una familia humana, la familia de María y José, familia pobre y sencilla que tuvieron que ir a Belén para empadronarse y fue ahí donde se realizó la primera Navidad, anunciada luego por los ángeles a los pastores, los cuales fueron a toda prisa y encontraron a María, a José y al Niño, recostado en el pesebre y después de verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño, y cuantos lo oían quedaban maravillados (cfr. Lc 2, 15-18).

También el adviento está marcado por la última venida del Hijo del hombre rodeado de su gloria. Esto se debe a que, en los primeros tiempos de la Iglesia, cuando todavía no se hacía el actual calendario litúrgico, ni estaban establecidas las fiestas de Navidad, el principio del año lo constituía la Pascua y el final la última venida del Señor, a la cual llamamos la Parusía. Como recuerdo de esos tiempos, en las lecturas de la Misa, sobre todo de la primera semana de adviento, se nos habla de esta venida al final de los tiempos. Pero, aunque todavía no sea el fin del mundo, esta venida tiene una aplicación muy particular para nuestra vida. Como para cada uno la vida es corta, hay que estar preparados porque no sabemos el día final de nuestra vida, no sabemos la última hora.

Entre las dos venidas mencionadas se encuentra otra, la venida continua y espiritual y existencial. El Señor siempre viene, siempre está cerca. Su venida no es una cuestión cronológica, sino espiritual y existencial. ¡El Señor está cerca, muy cerca de nosotros! Podríamos decir que siempre es adviento porque el Señor siempre viene a nosotros y por lo mismo siempre debemos desear y anhelar que venga a nuestras vidas. Esa es la necesidad más profunda que debemos tener. Hemos sido creados por Dios y para Dios y nuestra vida sólo será plena si se vive en la búsqueda de Dios. Si esperamos la venida del Señor viviremos en forma más solidaria, con más pasión y entusiasmo, con más coraje por construir un mundo mejor. Si no esperamos la venida del Señor podemos caer en la indiferencia y en la mediocridad y en el sin sentido de la vida.

Con la ascensión de nuestro Señor Jesucristo a los cielos, y en espera de la promesa de que volverá al final de los tiempos, nos encontramos, como dice el evangelio: “como un hombre que se va de viaje, deja su casa y encomienda a cada quien lo que debe hacer y encarga al portero que esté velando”. La imagen del portero podría evocar a Pedro el primer Papa, se dice que Marcos fue su secretario y que lo que escribió es el evangelio de Pedro. Sin embargo, el mandato de velar y estar preparados Jesús lo dice para todos. Nosotros debemos ser como el portero que está vigilando porque no sabemos a qué hora va a venir el Señor y tampoco es necesario saberlo, lo importante es saber que vendrá. Pero hay que decir que la vigilancia no consiste en temer que llegue, sino en vivir activamente con esperanza y alegría cada día independientemente de cuando llegue. Una cosa es segura: la vida es corta, por tanto, cuando ésta termine para nosotros, aunque el mundo siga, para nosotros se habrá terminado.

Los primeros cristianos esperaban de un momento a otro la última venida de nuestro Señor, pero con el tiempo se dieron cuenta que se tardaba y que, por lo mismo, corrían el peligro de ya no esperarlo y caer en la indiferencia y en la mediocridad; espiritualmente se podían dormir, se podían ocupar sólo de las cosas de este mundo y olvidarse de la venida del Señor. De ahí el imperativo: “Velen y estén preparados”. Este imperativo, ya desde entonces, tenía un carácter universal y valor para todos los tiempos, por eso dice el Señor en el evangelio: “Lo que les digo a ustedes, lo digo para todos: permanezcan alerta”.

Hay que preguntarnos ¿qué tanto nos hemos dormido en una vida sin esperanza, en una vida egoísta y sin solidaridad? Esperar la venida del Señor significa, en cierto modo, hacer que llegue, cambiando nuestra vida personal y nuestro entorno tan lleno de muerte y vacío de Dios.

Nuestra vida cristiana debe ser un constante vivir en espera de que venga el Señor. Recordemos que los primeros cristianos con la invocación “Maran atha” (cfr. 1 Co 16, 22) deseaban y pedían que lo más pronto posible llegara el Señor. Pero, además, la oración del “Padre Nuestro” está marcada por esta tensión y deseo que venga el Señor. De hecho, cada vez que la rezamos decimos: “Venga a nosotros tu reino”. Pero vale la pena preguntarnos, ¿de verdad esperamos que venga el Señor? ¿No estaremos demasiado acostumbrados a este mundo, a nuestras seguridades materiales? ¿De verdad esperamos un mundo nuevo? Y si lo esperamos ¿no deberíamos de cambiar las situaciones que parecen injustas y hacer un mundo más humano, solidario y fraterno?

Así pues, estemos preparados, el Señor vino, viene constantemente y vendrá al final de los tiempos: “Mira, vengo pronto y traigo mi recompensa conmigo para pagar a cada uno según su trabajo” (Ap 22, 12). Si no podemos cambiar el mundo, sí podemos cambiar nuestro corazón para que sea menos apegado a las cosas materiales; si no podemos cambiar tantas situaciones de injusticia que hay en nuestro mundo, sí podemos cambiarle la vida a alguien que esté cerca de nosotros y necesite de nuestra ayuda y de nuestro amor.

ORATIO ¿QUÉ LE DECIMOS AL SEÑOR?

Señor Jesús tú siempre vienes a nuestro encuentro. Viniste en la carne cuando naciste de María Virgen, vendrás al final de los tiempos rodeado de tu gloria, pero sobre todo ahora vienes espiritualmente a nuestro encuentro en este tiempo de adviento. Concédenos la gracia de estar siempre preparados para que vengas a nuestro corazón.

Te pedimos Señor Jesús que, en este tiempo de adviento, se reavive nuestra esperanza y nuestra confianza en tu acción salvadora en el mundo y en cada uno de nosotros. Concédenos la gracia de que, en los momentos difíciles que nos toca vivir, descubramos los signos de tu presencia en el mundo y en nuestra vida.
Señor Jesús sabemos que entre tu primera venida en la carne y tu última venida en la gloria estás viniendo espiritualmente a nosotros; pero, como nuestra vida es corta, sabemos que pronto vendrás a nuestro encuentro al final de nuestra vida. Concédenos la gracia de no temer ese momento, sino de prepararnos para dejar este mundo y con alegría pasar a mejor vida.

OPERATIO ¿QUÉ NOS PIDE EL SEÑOR?

El Señor nos pide estar siempre preparados para su venida haciendo simple y sencillamente lo que debemos hacer; pero hay que hacerlo con responsabilidad, con amor a la vida, con respeto a la obra de la creación, sobre todo con mucho amor a Dios y a nuestros hermanos, especialmente a los más necesitados.

El Señor nos pide estar siempre en vigilancia constante y responsable para descubrir las señales de su venida en los acontecimientos y en el encuentro con nuestros hermanos. La vigilancia implica esperanza y esfuerzo constante para no caer en el estancamiento, en la tibieza o en el sueño irresponsable que nos hace cerrar los ojos para no ver la acción de Dios.

El Señor nos pide tener siempre presente el encuentro definitivo con él cuando venga al final de nuestra corta vida. Por tanto, hay que vivir el momento presente sabiendo que la vida es un don y que pronto pasa, pero el que en esta vida hace la voluntad de Dios permanece para siempre. Cuando venga el Señor la vida no se acaba, se transforma en una nueva vida.

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla

 

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