“Ve a presentarte al sacerdote”

LECTURA ORANTE DEL EVANGELIO
“LECTIO DIVINA”
“Ve a presentarte al sacerdote”

LECTIO ¿QUÉ DICE EL SEÑOR?

Texto: Mc 1, 40-45
En aquel tiempo, se le acercó a Jesús un leproso para suplicarle de rodillas: “Si tú quieres, puedes curarme”. Jesús se compadeció de él, y extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: “¡Si quiero: sana!” Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio.

Al despedirlo, Jesús le mandó con severidad: “No se lo cuentes a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo prescrito por Moisés”.

Pero aquel hombre comenzó a divulgar tanto el hecho, que Jesús no podía ya entrar abiertamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios, a donde acudían a él de todas partes.

Notas para entender mejor lo que dice el texto:
1. En el evangelio, pasando por encima de las normas sobre la lepra, un leproso se acerca hasta Jesús para pedir su curación.
2. Luego tenemos cuatro acciones de Jesús: se compadeció, extendió la mano, lo tocó y dijo: “¡Si quiero: sana!”. Enseguida viene el resultado: “se le quitó la lepra y quedó limpio”.
3. Al despedirlo tenemos tres indicaciones de Jesús: no se lo cuentes a nadie, preséntate al sacerdote y ofrece lo prescrito por tu purificación.
4. Finalmente, la conclusión: El hombre divulgó mucho el hecho.

MEDITATIO ¿QUÉ NOS DICE EL SEÑOR?

En tiempos de Cristo a los leprosos no se les permitía acercarse a la gente (cfr. Lv 13, 45-46) eran apartados de las ciudades para evitar el contagio y para que las demás personas no incurrieran en impureza legal. Por lo mismo, tenían prohibido participar en las sinagogas donde se leían y meditaban las Escrituras y no podían participar en los sacrificios en el templo. Eran excluidos de la comunidad religiosa y de la comunidad humana y de la sociedad.

Sin importar las normas que los excluían el leproso va en busca de la salud hasta llegar al encuentro de Jesús. Sus palabras pareciera que reflejan una cierta duda en recobrar la salud, pues le dice a Jesús: “Si tú quieres puedes curarme”. En realidad, se trata de una súplica humilde que sólo confía en el poder y el querer de Jesús. De hecho, esta súplica, el leproso la hace “de rodillas”, es decir en actitud de humildad y de adoración. El evangelio dice que: “Jesús se compadeció de él”. Jesús encarna en sí mismo la misericordia de Dios. Cuando el texto dice que se compadeció significa que sus entrañas se conmovieron, se enternecieron, es decir que se volcó hacia él con todo su ser interior. Pero el evangelio dice más: “Extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: ¡Sí quiero, sana!”. La ley prohibía el contacto con los leprosos so pena de contraer una impureza legal. Jesús no se rebela contra la Ley, pero sí contra la exclusión, por eso tocó al leproso. Los leprosos eran excluidos de la sociedad y de la religión. La misericordia de Dios no excluye a nadie, Jesús tampoco, para eso vino al mundo para buscar a los excluidos. Los leprosos no sólo eran enfermos, sino impuros, quizá por esto, el leproso, según el texto original griego, antes que todo pide ser limpiado, es decir purificado. Jesús no sólo cura al leproso, sino que restablece el contacto prohibido por la ley y lo reintegra a la comunidad religiosa y social.

Con este milagro se muestra que Jesús es salud, tanto física, como espiritual, pues no sólo cura físicamente a este leproso, sino que lo reintegra a la comunión con Dios y a la comunión con el pueblo del que había sido apartado, es decir que Jesús le quita la impureza legal que pesaba sobre él y le impedía una relación sana en el pueblo y con Dios. La palabra de Jesús: “Ve a presentarte al sacerdote” significa vuélvete al pueblo que alaba a Dios y vuélvete al lugar que ocupabas en la sociedad. El leproso es un ejemplo para buscar la salud y la liberación de las exclusiones de la sociedad o de la comunidad religiosa de la que se forma parte. El hombre que quiere su salud o su salvación, como el leproso, tiene que ponerse en camino rompiendo barreras para llegar hasta Cristo. El hombre no debe conformarse con su situación de marginación o de muerte. La gloria de Dios es que el hombre viva, decía san Ireneo. Cristo es la plenitud de la vida. Él dijo: “Yo he venido al mundo para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). Para el leproso llegar a Cristo significó volver a la vida, fue como un resucitar de entre los muertos.

Dado que Jesús siempre andaba acompañado, llama la atención que diga al curado “No se lo cuentes a nadie”, pues ya se han enterado los que andaban con él. Además, le dice: “Pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote”. Esto significa no lo cuentes a nadie por aquí y por allá, sino a quien corresponde, es decir al sacerdote para que verifique tu curación y puedas formar parte nuevamente de la sinagoga y de los sacrificios en el templo. Pero aquel hombre consideró su curación y liberación como una gracia tan grande que no pudo callar y: “Comenzó a divulgar tanto el hecho que Jesús no podía ya entrar abiertamente en la ciudad”. Cuando se experimenta fuertemente la misericordia de Dios no se puede callar. Contar a otros lo que Dios ha hecho en nuestra vida es darle gloria a Dios y pretender que Dios haga en otros lo que ha hecho en nosotros. La experiencia de que Dios se ha interesado por nosotros debe llevarnos a interesarnos por los demás.

En nuestros días la enfermedad de la lepra prácticamente ha sido abatida, pero puede haber otro tipo de lepras por las que muchos son marginados de la sociedad. Pensemos en los migrantes, los sidosos, los niños de la calle, los vagabundos o simplemente los ignorantes y los pobres. El Papa Francisco ha dicho reiteradamente que estamos en una sociedad donde prevalece el descarte, especialmente de los pobres, de los que están por nacer o de los ancianos que no producen economía, pero que son sabiduría. Es un hecho que todos buscamos nuestro círculo familiar, de amigos o colegas en el que nos sintamos protegidos y esto tiene su razón de ser; pero hasta qué punto nosotros seguimos excluyendo a los que más necesitan de la sociedad o de la comunidad de fe en la que tratamos de seguir al Señor Jesús.

Cristo no vivió para sí, sino para los demás, Cristo no buscó su propio interés, sino el de los demás hasta morir en la cruz por nosotros. Así pues, si queremos dar gloria a Dios debemos vivir para los demás, nuestro interés debe centrarse en los demás, especialmente en los más necesitados, como lo hacía Cristo que en este evangelio ayuda a un leproso curándolo, purificándolo y reintegrándolo al pueblo que alababa a Dios y a la comunidad humana que lo había excluido y marginado. La plenitud de vida se da cuando el hombre vive de cara a su Creador, cuando camina a su encuentro, en busca de aquel que no sólo ha inscrito en el hombre esa semilla de búsqueda de vida, sino que Él mismo sale a su encuentro para curarlo de su lepra, para liberarlo de su esclavitud de muerte y devolverle la dignidad y la vida perdida. En una palabra, para que se realice como ser humano y como cristiano.

Dios no quiere marginados o excluidos, por eso envió a su Hijo para dignificarnos, curarnos y purificarnos. La gloria de Dios, como decía san Ireneo, es que el hombre viva con dignidad. Nuestra dignidad crecerá cuando, como nuestro Señor Jesucristo, nos interesemos por los descartados de la sociedad o de la comunidad religiosa de la que somos parte.

ORATIO ¿QUÉ LE DECIMOS AL SEÑOR?

Bendito seas Dios todopoderoso, porque enviaste a tu Hijo Jesucristo para purificarnos de las distintas lepras causadas por el pecado. Concédenos la gracia de vencer todos los obstáculos que se presenten para poder acercarnos a tu Hijo Jesucristo y, con mucha fe, y postrados en su presencia, obtengamos el perdón de nuestros pecados y la salud del cuerpo.

Señor Dios, te bendecimos porque tu Hijo Jesucristo no sólo nos perdona nuestros pecados y nos sana, sino que nos reintegra a la sociedad y a la comunidad cristiana de la que nos habíamos apartado por nuestros pecados. Has Señor que, como ofrenda por nuestra purificación, te ofrezcamos nuestra propia vida.

Señor Dios, concédenos que, como el leproso que fue curado, anunciamos con alegría lo que Jesús ha hecho en nuestras vidas. Es decir que no nos cansemos de predicar el evangelio de Jesucristo que sana, libera y reintegra al que cree en él en la sociedad y en la comunidad de fe en la que peregrinan y viven los que son discípulos y testigos de su gracia salvadora.

OPERATIO ¿QUÉ NOS PIDE EL SEÑOR?

Dios nos pide que examinemos nuestra vida para ver cuáles son nuestros pecados o nuestras lepras espirituales, las cuales, aunque no estemos apartados de la sociedad o de la comunidad cristiana, nos impiden vivir con dignidad y alegría nuestra vocación y misión.

Dios nos pide también que lo busquemos y suplicantes salgamos a su encuentro para que, por medio de Cristo, nos purifique y nos libere de nuestras lepras espirituales.

Dios nos pide que vivamos en comunión humana y social luchando, junto a los demás, por construir un mundo mejor en el que reine la salud, la justicia y la paz. Pero también quiere que, por haber sido perdonados, estemos integrados en nuestra iglesia ofreciendo sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo (cfr. 1 P 2, 5).

Dios nos pide que, con nuestra vida, seamos agradecidos por lo que Dios ha hecho en nosotros y, quiere también, que demos testimonio con nuestras palabras. Así se cumplirá que la fe viene de escucha y la escucha por la palabra de Cristo (cfr. Rm 10, 17). ¡Que así sea!

  Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla

 

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