Homilía de la Misa Crismal 2022

Homilía de la Misa Crismal 2022
12 de abril de 2022

Estimados hermanos que alegría de encontrarnos nuevamente en esta Santa Iglesia Catedral para celebrar la Eucaristía de la Misa crismal después de dos años de pandemia que no pudimos hacerlo como es debido.

Saludo cordialmente a Mons. Lorenzo Cárdenas Aregullín, nuestro Obispo emérito, a todos los sacerdotes de nuestra diócesis que, acompañados de algunos laicos, se hacen presentes en esta Santa Misa para renovar sus promesas sacerdotales y llevarse los santos oleos a sus parroquias, saludo a las religiosas que se hacen presentes, así como a los seminaristas y a todo el pueblo santo de Dios que peregrina en esta tierra de Papantla.

Como sabemos esta Eucaristía es muy importante por la bendición de los santos oleos y la consagración del Santo Crisma y, también, porque en ustedes se encuentra representada toda la Iglesia diocesana en la bendición de los óleos de enfermos y de los catecúmenos y en la consagración del Santo Crisma.

Los santos óleos forman parte de los sacramentos. Con el óleo de los enfermos se asiste a los que sufren alguna enfermedad grave que pone en peligro su vida para que se unan a la pasión de Cristo y Cristo los sane o acompañe en su dolor; con el óleo de los catecúmenos se fortalece a los bautizados para la lucha que deberán enfrentar para vivir como verdaderos cristianos; con el Santo Crisma se da la gracia del Espíritu Santo a los que son bautizados, confirmados y ordenados para que lleven a cabo la misión correspondiente encomendada.

Somos un pueblo sacerdotal por la gracia del bautismo. San Juan nos dice en el libro del Apocalipsis que Cristo: “Ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre”, pero Dios ha querido elegir a algunos de entre su pueblo sacerdotal para dedicarnos al ministerio sacerdotal con la misión de apacentar a su pueblo, algunas veces, como dice el Papa Francisco, yendo al frente del pueblo para indicar el camino, otras en medio de su pueblo caminando juntos en sinodalidad, otras veces atrás para no dejar a los rezagados.

En efecto, el Señor nos llamó al sacerdocio, no para ponernos por encima del pueblo de Dios, sino a su servicio, por tanto, seamos servidores en la celebración de los sacramentos, seamos servidores en el anuncio de la palabra de Dios, seamos servidores en la conducción del pueblo, pero también seamos servidores en el contacto y encuentro fraterno con el pueblo.

Hermanos, Dios es santo y quiere que su pueblo sea santo. Por eso todos, independientemente de la vocación de cada uno en particular, debemos aspirar a vivir como hijos suyos en santidad y para ello basta vivir los sacramentos de la iniciación cristiana. En este sentido, san Pablo afirma en su primera carta a los tesalonicenses que el que desprecia la santidad no desprecia otra cosa, sino a Dios que nos da su Espíritu (cfr. 1 Ts 4, 8).

Ahora bien, si todo el pueblo de Dios es llamado a la santidad, con mayor razón nosotros los que, además de ser discípulos, hemos sido llamados a estar cerca del Señor Jesús. El Señor Jesús nos ha llamado, nos ha identificado con él y nos envía a la misión que consiste en predicar el evangelio, administrar la gracia de los sacramentos y conducir al pueblo de Dios. Nosotros, para llevar a cabo nuestra misión debemos tratar de santificarnos en el ejercicio sacerdotal y ministerial. Y hay que decir que en la medida en que nos santifiquemos, santificamos al pueblo de Dios; en la medida en que seamos buenos discípulos de Cristo, en esa medida hacemos que nuestros fieles sean discípulos del Señor; en la medida que seamos amigos de Jesús haremos que muchos vengan al encuentro del amigo Jesús.

El Señor nos llamó para estar con él y ser de él; no nos aparta del pueblo y del mundo, sino que una vez identificados con él nos envía al mundo a la misión. Jesús oró: “No te pido que los saques del mundo, sino que los libres del maligno” (Jn 17, 15). De ahí que en el mundo tenemos que santificarnos y ayudar a la santificación del pueblo de Dios con el anuncio de la palabra, con la administración de los sacramentos y con la conducción del pueblo de Dios.

En el evangelio de san Lucas, Jesús, al leer el pasaje del profeta Isaías se dio a conocer como el ungido con el Espíritu Santo: “Para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos y para dar la libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del señor”. Como vemos en este texto Jesús llevó a cabo su misión, asistido por el Espíritu Santo. Esto significa que nosotros no podemos hacer nuestra misión sin la ayuda del Espíritu Santo, el cual por un lado es santificador y, por otro lado, asiste a los que ayudan a la santificación del pueblo de Dios.

En la oración sacerdotal, nuestro Señor Jesucristo pidió al Padre por todos sus amigos sacerdotes cuando dijo: “Santifícalos en la verdad: tu Palabra es verdad” (17, 17). Dios nos quiere santos en Jesucristo, Jesucristo es la verdad. Dios nos quiere puros y limpios de pecado. Recordemos que a Pedro le dijo: “Si no te lavo no tendrás parte conmigo” (Jn 13, 8). Y en otro pasaje Jesús les dice: “Ustedes están ya limpios, gracias a la palabra que les he anunciado” (Jn 15, 3). Sí hermanos, la palabra de Dios no sólo comunica una verdad, también santifica en la verdad. De ahí la importancia de leer y meditar con fe y en oración diariamente la palabra de Dios. Con ella Dios nos habla, toca y limpia nuestro corazón.

Todos los miembros del pueblo de Dios estamos llamados a renovar constantemente la gracia que Dios ha hecho en nosotros. Los bautizados renuevan sus promesas bautismales cada vez que se realiza un bautismo y de manera muy solemne en la Vigilia Pascual; los casados están llamados a renovar constantemente su matrimonio, ya sea en la entrega de sí mismos o en una celebración especial. Pues bien, nosotros los sacerdotes también estamos llamados a renovar día a día nuestro sacerdocio, ya sea por la celebración de la Eucaristía, por la confesión de nuestros pecados, por la predicación del evangelio en el ejercicio de nuestro ministerio sacerdotal o con la renovación de las promesas sacerdotales.

Hermanos sacerdotes, esta Misa crismal es una oportunidad para renovar, delante de nuestro pueblo, nuestras promesas sacerdotales y nuestro compromiso de buscar la santidad. Querido pueblo de Dios, oren por nosotros para que, contando con sus oraciones y con la intercesión de la Santísima Virgen María, nos renovemos y santifiquemos en la verdad y les ayudemos a ustedes a renovarse y a santificarse en Jesucristo que es la verdad. ¡Que así sea!

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla

 

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