Evangelio del día: " Pero yo les digo que quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón" (Mt 5, 27-32)

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HOMILÍA EN EL DOMINGO DE NAVIDAD
Is 52, 7-10; Sal 97; Hb 1, 1-6; Mt 1, 1-18
 
“Aquel que es la Palabra se hizo hombre”
 
Queridos hermanos, el día de hoy celebramos el nacimiento de Cristo, en este año la fiesta de la Navidad ha caído en domingo. Hace nueve meses, el 25 de marzo, celebramos la fiesta de la anunciación o la fiesta de la encarnación del Hijo de Dios. Hoy celebramos que la Santísima Virgen María, después de nueve meses nos lo dio a luz. El nacimiento no es el momento de la encarnación o concepción en el vientre de la Santísima Virgen María, sino el hecho de que ella, nueve meses después, diera a luz al que era la Palabra, Palabra creadora, Palabra de vida, Palabra de luz y Palabra reveladora.
 
El salmo de la Misa de hoy nos invita a cantar a nuestro Dios, “pues ha hecho maravillas”. En efecto la maravilla más grande que nos hizo Dios es enviarnos a su Hijo para que se hiciera como nosotros. En Cristo Dios ha dejado su cielo y ha venido al suelo. La Navidad es la unión del suelo y el cielo, la unión de la humanidad con la divinidad en ese niño de Belén. Después de la maravilla del nacimiento del Hijo de Dios vienen otras maravillas: que murió por nosotros, que resucitó para nuestra justificación, que subió a los cielos para enviarnos el don del Espíritu Santo, y todo ello, para que, así como él vino a nuestro suelo, nosotros podamos ir a su cielo. En este sentido en el prefacio III de la misa de Navidad se dice que: “Por él, hoy resplandece ante el mundo el maravilloso intercambio que nos salva, ya que al asumir tu Hijo nuestra fragilidad humana no sólo quedó nuestra carne mortal honrada para siempre, sino que, al hacernos partícipes de su condición divina, nos hizo participes de su eternidad”.
 
En este evangelio de la Misa del día tenemos lo que se ha dado en llamar el prólogo del evangelio de san Juan que consiste en una introducción descendente, desde el cielo al suelo hasta desembocar, sin narrar el nacimiento, en el misterio de la encarnación del Hijo de Dios y su misión de revelador del Padre. Precisamente el final del evangelio de hoy termina diciendo que: “A Dios nadie lo ha visto jamás. El Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha revelado”. Sólo Jesús ha visto a Dios cara a cara, sólo Jesús lo puede revelar; pero él decía: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14, 9). Para nosotros, que aceptamos que Dios vino a nuestro encuentro en Jesucristo, no podemos buscar otro lugar de encuentro con Dios, no podemos buscar otro camino para ir a él y tampoco hay otro, por medio del cual Dios quiera comunicarse con nosotros. Por eso más tarde dirá Jesús a sus discípulos: “A ustedes los he llamado amigos porque les he dado a conocer lo que le he oído a mi Padre” (Jn 15, 15).
 
La Navidad es fiesta de la Palabra porque: “Aquel que es la Palabra se hizo hombre y habitó entre nosotros”. El Papa Benedicto XVI dijo que: “Aunque la fe cristiana no es una «religión del Libro»: el cristianismo es la «religión de la Palabra de Dios», no de «una palabra escrita y muda, sino del Verbo encarnado y vivo»” (Verbum Domini No. 7). En efecto, la herencia del pueblo de Israel al mundo es la Palabra de Dios consignada en las Escrituras, pero esta palabra es una persona. La carta a los hebreos nos dice hoy que: “En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros padres, por boca de los profetas. Ahora, en estos tiempos, que son los últimos, nos ha hablado por medio de su Hijo”. El Hijo de Dios se hizo uno como nosotros para hablarnos cara a cara y revelarnos a Dios.
 
La Navidad es fiesta de la creación y de la vida nueva. El evangelio de hoy dice que: “Todas las cosas vinieron a la existencia por él y sin él nada empezó de cuanto existe”. Pero no sólo el mundo material, sino también los seres animados, entre los que se encuentran los humanos. En este último sentido se dice que: “Él era la vida, y la vida era la luz de los hombres”. El culmen de toda la realidad creada es la vida y, de entre la vida, el máximo don es la vida de la gracia, por eso dice el evangelio de san Juan: “Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron; pero a todos los que lo recibieron les concedió poder llegar a ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre”. En este sentido san León Magno dice en el sermón de la Navidad: “Reconoce oh cristiano tu dignidad y, ya que ahora participas de la misma naturaleza divina, no vuelvas a tu antigua vileza con una vida depravada. Recuerda de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro”.
 
La Navidad es también fiesta de la luz. En ese sentido san Juan dice que: “Aquel que es la Palabra era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo”. Sin embargo, también constata que fue una luz rechazada: “La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la recibieron”. El Hijo de Dios fue una luz rechazada, pero no vencida y por esto tiene que ser dada a conocer para iluminar a los que están en tinieblas. Por eso se dice de Juan Bautista que: “Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino testigo de la luz”. En efecto Dios es luz y en él no hay tinieblas (cfr. 1 Jn 1, 5). Si Dios es luz, el Hijo de Dios también es luz. En este sentido, la carta a los hebreos dice que: “El Hijo es el resplandor de la gloria de Dios, la imagen fiel de su ser” (Hb 1, 3). San Hipólito presbítero decía que: “Cuando Dios hizo oír su voz, la Palabra se hizo entonces visible; así de la luz que es el Padre salió la luz que es el Hijo, y la imagen del Señor fue como reproducida en el ser de la creatura; de esta manera el que al principio era sólo visible para el Padre empezó a ser visible también para el mundo, para que éste, al contemplarlo, pudiera alcanzar la salvación”.
 
La Navidad no sólo es fiesta de la luz, también es también fiesta de la alegría y de la vida. Decía san León Magno que: “No puede haber lugar para la tristeza, cuando nace la vida”. En efecto nace la vida que viene a dar vida. En Navidad tienen un fuerte sentido las palabras de Jesús: “Yo he venido al mundo para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). Ahora bien, en la Navidad no nace el Salvador en el belén de la casa, sino en los corazones que en el tiempo de adviento se han abierto a la venida de Dios y al encuentro con los hermanos. Jesús es el rostro humano de Dios, conocer a Jesús es conocer a Dios, sólo él nos puede hablar de Dios, sólo él lo ha visto, sólo él nos lo puede revelar. Por eso hay que conocer mucho a Jesús, para conocernos mucho a nosotros y conocer mucho a Dios pues: “En realidad, el misterio del hombre no se aclara de verdad, sino en el misterio del verbo encarnado” (GS 22). La Navidad nos habla de que Dios está en el suelo, pero como esto no lo creemos, lo buscamos en el cielo, en lugar de buscarlo en los demás. Busquémoslo en los pobres y en los necesitados de misericordia, de paz y de amor. ¡Que así sea! ¡Feliz Navidad!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
 
 
 

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