Evangelio del día: "¿A qué es semejante el Reino de Dios? " (Lc 13, 18-21)

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HOMILÍA EN EL VIII DOMINGO ORDINARIO
Is 49, 14-15; Sal 61; 1 Co 4, 1-5; Mt 6, 24-34
 
“No pueden ustedes servir a Dios y al dinero”
 
Queridos hermanos, seguimos con la lectura continuada del llamado discurso de las bienaventuranzas en el que Jesús se presenta como la plenitud de la ley y los profetas. Jesús no contradice lo dicho en el Antiguo Testamento, sino que lo explica en su profundidad y lo desarrolla en todas sus consecuencias, en este caso, con la oposición entre servir a Dios o al dinero e invitando a la confianza en nuestro Dios que cuida de sus hijos más que de los pajarillos y de los lirios del campo.
 
El evangelio de hoy comienza con una enseñanza lapidaria de Jesús: “Nadie pude servir a dos amos”, es decir no se puede servir a dos señores. Como consecuencia, dice Jesús: “No pueden ustedes servir a Dios y al dinero”. La enseñanza es que no se puede, al mismo tiempo, dar culto a Dios y al dinero, no se puede confiar en Dios y al mismo tiempo confiar en el dinero. La injusta distribución de la riqueza en el mundo es una muestra de que para muchos su Dios es el dinero. Los ricos que no se preocupan de los pobres ¿cómo pueden decir que sirven a Dios? Y los que no son tan ricos ¿cómo pueden justificarse de no compartir lo que tienen con los que tienen menos o nada? Los que quieren servir a Dios, pueden servirse del dinero; pero cuando el dinero del que se sirven no se comparte con los necesitados ya no se sirve Dios, sino al dinero.
 
En el centro de este evangelio tenemos como un canto o himno a la Divina Providencia. Las necesidades básicas de las que se habla son el alimento y el vestido. Con la primera comparación Jesús hace resaltar que la vida es más importante que el alimento. Dice Jesús: “Las aves del cielo, que ni siembran ni cosechan, ni guardan en graneros y, sin embargo, el Padre celestial las alimenta”. Si la vida es más importante que el alimento, y si los discípulos del Señor son más importantes que los pajarillos, por tanto, aunque hay que trabajar para comer y alimentar a la familia, esta no debe ser una preocupación que nos haga olvidarnos de Dios, sino más bien que trabajemos por el alimento, poniendo nuestra confianza en Dios para que no nos falte el pan de cada día.
 
En la segunda comparación el tema es el vestido. El evangelista insiste en que Dios viste a los lirios del campo de una manera más bella que como se vestía Salomón en todo el esplendor de su gloria. De manera que la enseñanza es la siguiente: si Dios viste así a los lirios del campo, qué no hará por sus hijos, que ponen toda su confianza en él y le sirven y le dan culto porque saben que Él es Providente, es decir que los cuida y vela por ellos y hace que todo concurra para su bien. Hay un dicho popular que dice así: “A Dios rogando y con el palo dando”. Hay que orar como si todo viniera de Dios y hay que trabajar como si todo dependiera de nosotros. Esto significa que nuestra confianza en Dios no debe descuidar nuestras responsabilidades por conseguir nuestro bienestar material, pero sabiendo que en todo lo que hacemos está Dios con nosotros.
 
El culto a Dios y al dinero están en total oposición. Dice Jesús: “Los que no conocen a Dios se desviven por estas cosas”, es decir por el dinero; el dinero es su dios, es su preocupación y su centro de interés, todo su afán está en el dinero. Ahora bien, la experiencia nos ha enseñado que también los que conocemos a Dios podemos caer en la confianza en el dinero. En la parábola del sembrador Jesús dice que: “Las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la Palabra y queda sin fruto” (Mt 13, 22). El discípulo del Señor no debe tener el corazón dividido por intereses contrapuestos, o se gasta y se desgasta por servir a Dios en la paz; o se malgasta, se angustia y pierde la paz por obtener dinero. Pero el Señor advierte: “¿Quién de ustedes, a fuerza de preocuparse, puede prolongar su vida siquiera un momento?”.
 
Por el contrario, los que confían en el Señor son aquellos que decía Jesús: “Dichosos los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos”. Son los que usan y se sirven de los bienes materiales, pero no están apegados a ellos. Éstos viven al pie de la letra la enseñanza de Jesús: “Busquen primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se les dará por añadidura”. Es decir, no desprecian los bienes, sino que trabajan por conseguirlos, pero no se desesperan ni pierden la paz, sino que esperan confiadamente sabiendo que los bienes llegarán como consecuencia de ocuparse responsablemente de las cosas de este mundo y de su confianza y servicio a Dios. Por este motivo no tienen por qué preocuparse por el día de mañana: “Porque el día de mañana traerá ya sus propias preocupaciones”.
 
En cambio, cuando el dinero es nuestro único afán se pierde de vista el sentido último de nuestra vida, ya no pensamos en el más allá. Olvidamos que cuando llegue nuestra última hora no podremos llevarnos nada de lo que hemos acumulado. Se cumple lo que dice el libro del Eclesiastés: “El codicioso no se harta de dinero, y el avaro no lo aprovecha; también esto es vanidad. Aumentan los bienes y aumentan los que se los comen y lo único que saca el dueño es verlo con sus ojos”. Hay una anécdota con mensaje cristiano que se llama la entrevista con Dios. Una de las preguntas que se le hacen a Dios es: “¿Qué es lo que más te divierte de la humanidad?”, y él contesta: “Que pierdan su salud para obtener dinero y luego deben usar su dinero para recobrar la salud”.
 
Este evangelio nos cuestiona fuertemente, por un lado, porque todos ambicionamos riquezas y, por otro lado, porque los que se están muriendo de hambre son un grito que nos pide que, compartiendo lo que tenemos, demostremos que no damos culto al dinero. El servicio a Dios tiene su expresión más elevada en la solidaridad con los que no tienen alimento ni vestido pues a través de ella se cumple la Palabra del Señor “no se preocupen por lo que van a comer o a vestir pues Dios sabe que tiene necesidad de todo eso” y proveerá por medio de la solidaridad de hijos. Así pues, dado que Dios se ocupa de nosotros, nosotros ocupemos de nuestros hermanos necesitados.
 
Queridos hermanos, pongamos nuestra confianza en Dios y trabajemos por obtener los bienes de la tierra que necesitamos, pero que estos bienes no ocupen el lugar de Dios en nuestro corazón. Si nos preocupamos por buscar primero el Reino de Dios y su justicia el Señor se encargará de darnos los bienes materiales que necesitamos para vivir conforme a su voluntad e incluso para compartir con los necesitados. Dios debe ser nuestra mayor riqueza. Si no tenemos a Dios somos los más pobres de la tierra porque sólo tenemos dinero. ¡Que así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
 
 
 

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