Evangelio del día: "¡Ay de ustedes, que les construyen sepulcros a los profetas que los padres de ustedes asesinaron! " (Lc 11, 47-54)

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HOMILÍA DE LA MISA CRISMAL
11 de abril de 2017
 
“Dar testimonio de su amor redentor”
 
Queridos hermanos, nos hemos reunido para le celebración Eucarística. en la que bendecimos el óleo de los enfermos, el óleo de los catecúmenos y consagramos el santo Crisma. También, como sabemos, en esta Eucaristía, y ante el pueblo de Dios, los sacerdotes renuevan sus promesas sacerdotales. En este sentido esta celebración eucarística es, en cierta forma, como fuente de nuestro sacerdocio y fuente de nuestra misión evangelizadora.
 
Saludo a Monseñor Lorenzo Cárdenas Aregullín, nuestro Obispo emérito, quien durante muchos años presidió esta celebración de bendición de los óleos, saludo a todos los sacerdotes procedentes de las diversas parroquias de nuestra diócesis que, acompañados por algunos laicos, vienen a esta celebración para llevarse los santos óleos. Con el óleo de los enfermos unirán a la pasión de Cristo a aquellos que se encuentran gravemente enfermos, con el óleo de los catecúmenos fortalecerán a los que son bautizados y con el Santo Crisma los ungirán como profetas, sacerdotes y reyes del pueblo de Dios. Un saludo especial para el Padre Isaías Lemus Moncada que el día de hoy cumple 25 años de sacerdocio. Saludo también a los sacerdotes invitados procedentes de otras iglesias particulares que se encuentran con nosotros celebrando esta semana santa.
 
En la celebración de esta Eucaristía se manifiesta, de manera especial, la unidad de la Iglesia edificada sobre la piedra viva que es Cristo nuestro Señor, el cual es el fundamento de nuestro ser y de nuestro quehacer. Como dice hoy la lectura del Apocalipsis, Cristo es el principio y el fin, el Alfa y la omega, el que nos ha llamado a ser pueblo de su propiedad, el que ha querido llamar a su servidor para estar, con la colaboración de los sacerdotes, al frente de esta Iglesia que peregrina en esta tierra de Papantla, tierra en la que estamos plantados, tierra en la que, con el favor de Dios, todos tenemos que florecer y dar frutos, frutos de evangelización, frutos de familia presbiteral fraterna y unida, frutos de vida consagrada signos vivos de la presencia del Reino de Dios, frutos de vida laical comprometida.
 
Todos somos un pueblo sacerdotal, un pueblo ungido por Cristo sumo y eterno sacerdote. Como pueblo sacerdotal, y unidos al gran sacerdote de nuestra fe, ofrecemos a Cristo al Padre y nos ofrecemos junto con él, en la celebración de la Eucaristía; pero no sólo en la Eucaristía, sino también en cada actividad de nuestra misión encomendada a cada uno de nosotros, según nuestro estado de vida. Una vida sacerdotal es aquella en la que, todo lo que forma parte de nuestra vida, se ofrece a Dios. En este sentido amplio comprendemos las palabras de san Pedro cuando dice que, en Cristo, somos piedras vivas de un edificio espiritual para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por medio de Cristo (cfr. 1 P 2, 5).
 
Los sacerdotes, por su parte, sin dejar de pertenecer a este pueblo sacerdotal, somos elegidos para estar al frente del pueblo de Dios. Sin embargo, la identificación a Cristo sacerdote no nos aparta del pueblo, sino que nos compromete a vivir como Cristo, como hombres de oración y de entrega desinteresada al servicio de nuestro pueblo. Para ello necesitamos estar fuertemente unidos a Cristo, enamorados de Cristo, es decir como quienes moran o viven en Cristo e impulsados por Cristo lo anuncian a sus hermanos. En efecto la vocación sacerdotal es una gracia inmerecida, es un don de Dios que hay que recibir al mismo tiempo que nos ofrecemos a él. Dios se pone en nuestras manos, nosotros debemos ponernos en las manos de Dios. Dios se nos da, nosotros debemos darnos a él en la misión: con la predicación, con la celebración y con nuestro testimonio de vida.
 
Los sacerdotes, aunque elegidos para el ministerio sacerdotal, debemos seguir creciendo y madurando en nuestra espiritualidad sacerdotal bautismal, que compartimos con el pueblo de Dios, y, sobre esta base común, hemos de vivir nuestra configuración a Cristo sumo sacerdote. De igual manera, como el pueblo de Dios, también estamos llamados a convertir en sacrificios espirituales las actividades de nuestro ministerio. Así, de esta manera, el sacrificio de la Misa se encuentra precedido y seguido de nuestro testimonio. En este sentido, una vida coherente, trasparente y entregada sin reservas y cálculos egoístas al pueblo de Dios es el mejor mensaje que podamos dar a quienes están encomendados a nuestro cuidado pastoral. La oración colecta de la misa pone ante nuestros ojos el fin de nuestra participación sacerdotal con Cristo sacerdote: “Dar testimonio en el mundo de su amor redentor”. El mundo en el que vivimos hoy ya no cree en los que sólo enseñan, el mundo en el que vivimos hoy, en lugar de maestros, quiere testigos. Así que no debemos perder de vista esta finalidad: dar testimonio en el mundo del amor redentor de Cristo.
 
Hermanos, sumo y eterno sacerdote sólo hay uno, Cristo Nuestro Señor. Nosotros participamos en nuestra corta vida del sacerdocio eterno de Jesucristo. Con la Carta a los Hebreos (cfr. 7, 17) decimos cuando alguien es ordenado que es sacerdote para siempre y lo es. Lo mismo podemos decir cuando alguno parte a la casa del Padre; pero, en el aquí y ahora de esta Iglesia particular, nos hacen falta más sacerdotes para continuar la misión evangelizadora. Estamos llamados a vivir eternamente con Dios, pero no estamos llamados a ser eternos en la tierra, necesitamos quien nos releve. Ciertamente Dios va llevando a cabo su obra salvadora, con nosotros, sin nosotros y, a veces, a pesar de nosotros; pero eso no quita que nos ocupemos de promover vocaciones sacerdotales.
 
Conscientes de que somos un pueblo sacerdotal y que Dios llama a algunos para ponerlos al frente de su pueblo y, por otro lado, de que faltan operarios en la mies del Señor, invito a todos, pueblo de Dios y sacerdotes, a que le pidamos a Dios más vocaciones sacerdotales. Pidamos esta gracia al Señor con nuestra oración y con nuestra acción, es decir con el testimonio de nuestra vida y con el testimonio de nuestra misión. Que nuestra vida sea una invitación viva para que otros quieran seguir al Señor. Teniendo en cuenta estas necesidades, invito a los sacerdotes a que, en medio del pueblo de Dios, renueven sus promesas sacerdotales de fidelidad a Cristo y a su Iglesia para la misión encomendada.
 
Que María, madre de Cristo sacerdote interceda por nosotros para que seamos fieles dispensadores de los misterios de Dios. Pidamos a san José, su esposo, que proteja a nuestras familias para que de ellas broten vocaciones sacerdotales. A san Rafael Guízar y Valencia, que promovió la creación de esta diócesis, le pedimos que interceda por este pueblo que peregrina en esta tierra de Papantla. ¡Que así sea!
 
 
+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla
 
 
 
 
 

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