Evangelio del día: " Pero yo les digo que quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón" (Mt 5, 27-32)

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Durante la catequesis de la Audiencia General del miércoles, el Papa Francisco advirtió que la reticencia a amar de forma gratuita es fuente de violencia, y recordó que las personas violentas no son malas por naturaleza, sino que son personas infelices por no haber sido amadas.
 
Esa falta de amor, que termina degenerando en violencia, tiene su origen en la misma infancia. “Cuando un adolescente no es amado, o no se siente amado, puede nacer en él la violencia. Detrás de tantas formas de odio social y de vandalismo hay, con frecuencia, un corazón que no ha sido reconocido”.
 
 
El Santo Padre recordó que “no existen niños malvados, al igual que no existen adolescentes del todo malvados, pero existen personas infelices. ¿Y qué cosa puede hacernos felices si no es la experiencia del amor dado y recibido?”.
 
En su catequesis, el Pontífice comparó el amor de Dios con el amor de los padres, que quieren a sus hijos incluso cuando se equivocan, y aseguró que nuestra esperanza reside en ser hijos amados de Dios.
 
El Obispo de Roma puso de relieve el misterio de Dios hecho hombre, misterio que encuentra su explicación en el amor divino hacia la humanidad: “Por amor, Dios se ha sometido a un éxodo de sí mismo, para venir a visitarnos a nosotros en esta tierra, donde resultaba insensato transitar. Dios nos quiere incluso cuando nos equivocamos”.
 
“¿Quién de nosotros ama de esta manera si no es un padre o una madre?”, se preguntó. “Una madre quiere igualmente a su hijo incluso cuando ese hijo está en la cárcel. Una madre no pide la anulación de la justicia humana, porque cada error exige la redención, pero una madre no para de sufrir por su hijo. Lo ama incluso cuando es pecador. Dios hace lo mismo con nosotros: ¡Somos sus hijos amados!”.
 
Además, subrayó que ese amor de Dios por los hombres es anterior a la misma humanidad, y por lo tanto nadie ha hecho nada para merecerlo. Es un amor gratuito que se encarnó en Jesucristo: “En Jesucristo, hemos sido queridos, amados y deseados. Dios ha impreso en nosotros una belleza primordial, que ningún pecado, ninguna decisión equivocada podrá nunca cancelar del todo. Somos siempre, ante los ojos de Dios, pequeñas fuentes hechas para ofrecer agua buena”.
 
En este sentido, insistió en que, al igual que Dios ama a sus criaturas de forma gratuita, también el hombre debe amar al prójimo de forma gratuita. Por ello, advirtió contra la esclavitud de creer que se debe hacer algo para merecer ser amados.
 
Esta gratuidad del amor de Dios el Pontífice la explicó de este modo: “El primer paso que Dios da hacia nosotros consiste en un amor previo e incondicional. Dios no nos ama porque nosotros tengamos ninguna razón que suscite amor. Dios nos ama porque Él mismo es amor, y el amor tiende, por su naturaleza, a difundirse, a entregarse. Dios tampoco vincula su benevolencia a nuestra conversión, más bien es una consecuencia del amor de Dios”.
 
“Una espantosa esclavitud en la que podemos caer es pensar que el amor debe merecerse. Tal vez, buena parte de la angustia del hombre contemporáneo deriva de esto: creer que si no somos fuertes, atractivos, bellos, ninguno se preocupará por nosotros”, señaló.
 
“Muchas personas de hoy –continuó– buscan una visibilidad solo para colmar un vacío interior, como si fuésemos personas permanentemente necesitadas de confirmación. Sin embargo, ¿os imagináis un mundo donde todos reclamen motivos para atraer la atención de los demás y ninguno, por el contrario, esté dispuesto a querer de forma gratuita a otra persona? Parece un mundo humano, y sin embargo, es en realidad un infierno. Hay mucho narcisismo en el hombre nacido de un sentimiento de soledad”.
 
Finalmente, el Papa Francisco subrayó que “para cambiar el corazón de una persona infeliz, es necesario abrazarla. Hacerla sentir que es deseada, que es importante, y dejará de estar triste. El amor llama al amor, de modo más fuerte que el odio llama a la muerte”.
 
“Jesús no murió y resucitó por sí mismo, sino por nosotros, para que nuestros pecados fueran perdonados. Por lo tanto, ha llegado el momento de la resurrección para todos: la hora de sacar a los pobres de su desánimo”, concluyó.
 
 
 

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