Lectio Divina: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”

LECTURA ORANTE DEL EVANGELIO
“LECTIO DIVINA”

“En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”

LECTIO ¿QUÉ DICE EL SEÑOR?

Texto: Mt 28, 16-20
En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado. Al ver a Jesús, se postraron, aunque algunos titubeaban.

Entonces, Jesús se acercó a ellos y les dijo: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado; y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.

Notas para entender mejor lo que dice el texto:
1. “Subieron al monte”. Los montes son lugares de manifestaciones divinas.
2. “Se postraron, aunque algunos titubeaban”, es decir que, con todo y las dudas de la resurrección, lo adoraron.
3. “Me ha sido dado todo poder”, significa que ya ha sido glorificado.
4. La expresión ‘vayan y enseñen y bauticen’ es el mandato misionero.
5. La palabra “bautizar, significa sumergir.
6. “En el nombre del…”. En la Biblia el nombre significa la persona.
7. “Yo estaré con ustedes”. Se trata de una presencia espiritual.

MEDITATIO ¿QUÉ NOS DICE EL SEÑOR?

Dado que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo, cada vez que celebramos la Eucaristía, especialmente los domingos, alabamos al Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo, pero además, el domingo después de la Fiesta de Pentecostés, celebramos solemnemente a la Santísima Trinidad, es decir a nuestro Dios Trino y Uno, como culmen del Misterio Pascual que inició con la encarnación del Hijo de Dios (Navidad), continuó con su muerte y resurrección (Pascua) y terminó con la donación del Espíritu (Pentecostés).

Ya desde el Antiguo Testamento Dios se fue revelando poco a poco, primero como el Dios de Abraham, más tarde como el Dios de Israel. En la medida que avanzaba la historia de Israel, Dios se fue revelando, no sólo como el Dios de un pueblo, sino como el Dios de todos los pueblos y el Señor de la historia, como el que está por encima de todos los reyes de este mundo y ante el cual todos los demás dioses no son más que ídolos que tienen ojos y no ven, oídos y no oyen (cfr. Sal 135, 16). No obstante, este Dios del cielo y de la tierra, el totalmente otro, el tres veces santo (cfr. Is 6, 3) es un Dios cercano y misericordioso hasta la milésima generación (cfr. Dt 5, 9), es un Dios entrañable que ama a su pueblo como a un niño querido (cfr. Os 11, 1) o como un esposo que ama a su esposa infiel y por esto la lleva al desierto y le habla al corazón (cfr. Os 2, 16). Pero Dios nos ama tanto que no se conformó con revelarse por medio de los profetas, sino que en los últimos tiempos nos ha hablado por medio de su Hijo (cfr. Heb 1, 1).

Para esto se encarnó, por obra del Espíritu Santo, en el vientre de la Santísima Virgen María y en su vida adulta, fue ungido por el Espíritu Santo en orden a predicar y llevar a su culmen la realización del Reino de Dios anunciado desde el Antiguo Testamento y, como consecuencia de esto, murió por nosotros en la cruz y resucitó para nuestra salvación y, finalmente, subió a los cielos para enviarnos el don del Espíritu Santo.

En la Sagrada Escritura los montes son lugar de encuentro con Dios, es en las montañas donde se dan las teofanías o manifestaciones divinas. En el monte Sinaí Dios hizo alianza con su antiguo pueblo (cfr. Ex 19). En un monte Jesús dijo las bienaventuranzas (cfr. Mt 5, 1-12), en un monte se transfiguró (cfr. Mt 17, 1-8) y en un monte murió (cfr. Mt 27, 33). En este evangelio citó a sus discípulos en un monte y se les manifestó glorificado, lleno de gloria, por eso los discípulos se postraron en adoración ante él. No obstante, el evangelio no oculta los titubeos de algunos que dudaban de la resurrección y de la gloria del Señor.

Cuando los discípulos llegaron a donde Jesús los había citado, lo primero que les dice es: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra”. Estas palabras indican que ha vuelto a ocupar el lugar que antes tenía en la Trinidad, pero no sólo como Hijo de Dios, sino también como Hijo del hombre y a favor de los hombres en orden a su salvación y, sobre todo, que ya ha sido glorificado, por tanto, que ya ha recibido el Espíritu Santo y por esto tiene el poder de darlo y puede ahora enviar a sus discípulos a evangelizar a todas las naciones. El envío misionero, no puede hacerse sin la donación del Espíritu Santo ni puede hacerse sin revelar al máximo y hacer experimentar, el misterio del único Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. El misterio de la Santísima Trinidad es la máxima revelación del Nuevo Testamento. En este sentido es notable que en este evangelio la misión tenga como contenido al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Dice Jesús en las palabras de envío: “Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Esta fórmula habla de una etapa posterior a los primeros momentos evangelizadores en los que bastaba bautizarse en el nombre del Señor Jesús (cfr. Hch 2, 38; 8, 16 y 8, 37). Estamos ya en una etapa en la que se ha comprendido más el misterio de la Santísima Trinidad, es decir que hay un solo Dios en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. En efecto, si Dios no fuera uno, no sería Dios; y si en Dios no hubiera tres personas no podría ser amor, como nos dice san Juan en su primera carta (cfr. 1 Jn 4, 😎.

Ahora bien, en la Biblia, el “nombre” significa la persona y “bautizar” significa sumergir. De manera que cuando aquí se dice: “Bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, es lo mismo que decir “sumergir” en la persona del Padre, “sumergir” en la persona del Hijo y “sumergir” en la persona del Espíritu Santo. Pues bien, esto es lo que los apóstoles hicieron desde el principio y esto es lo que actualmente seguimos haciendo. Cuando alguien es bautizado es sumergido en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. De manera especial, por el bautismo, somos sumergidos en Cristo (cfr. Rm 6, 3-11). San Pablo dice que los que hemos sido bautizados en Cristo, nos hemos revestido de Cristo (cfr. Ga 3, 27). Por el bautismo nosotros llegamos a ser por gracia, lo que Cristo es por naturaleza, hijos de Dios.

Finalmente, Jesús dice en el evangelio de hoy: “Enséñenles a guardar todo cuanto yo les he mandado”. Se trata, no sólo de que sepamos de la existencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, sino que vivamos como hijos del Padre, como discípulos de su Hijo Jesucristo y bajo la acción del Espíritu Santo. Por tanto, creer en la Trinidad nos exige vivir en unidad como familia de Dios en la Iglesia y en el mundo. Dios no es soledad, sino comunidad; la Iglesia, por tanto, es familia a imagen de la Santísima Trinidad. Todos los bautizamos para poder vivir inmersos en el misterio de la Santísima Trinidad tenemos dos garantes, el Espíritu Santo que hemos recibido en el bautismo y, por otro lado, la presencia de Jesús en la Eucaristía y en nuestra vida y misión de cada día, de manera espiritual, por el poder del Espíritu Santo. Dice Jesús: “Sepan que yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Así pues, en nuestra vida diaria, vivamos en la gracia de nuestro Señor Jesucristo, en el amor del Padre y en la comunión del Espíritu Santo (cfr. 2 Co 13, 14).

ORATIO ¿QUÉ LE DECIMOS AL SEÑOR?

Te bendecimos Dios Padre todopoderoso y te damos gracias porque, por medio de Jesucristo, nos has revelado el misterio de tu divinidad en tres personas y nos invitas a adorarte al postrarnos ante tu Hijo Jesucristo resucitado y glorioso que ha recibido todo el poder, el honor y la gloria, así como el Espíritu Santo para derramarlo sobre los que te adoran y bajo la acción del Espíritu anuncien el evangelio. ¡Alabado seas Dios Padre todopoderoso!

Te bendecimos Dios Hijo único porque habiéndote encarnado en el vientre de María Virgen padeciste muerte de cruz por nosotros, pero resucitaste de entre los muertos y habiendo recibido todo el poder y la gloria enviase a tus discípulos a predicar a todas las naciones y a bautizarlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y gracias a ello la fe y la vida de la gracia han llegado hasta nosotros. ¡Alabado seas Jesucristo!

Te bendecimos Dios Espíritu Santo porque eres el amor del Padre y del Hijo y porque engendraste en el vientre de María al Hijo de Dios y lo ungiste al inicio de su ministerio para llevar a cabo la obra que el Padre le había encomendado y después de su pasión, resurrección y glorificación él te envió como rocío divino sobre la Iglesia para acompañarla a lo largo de la historia en la misión evangelizadora y santificadora. ¡Alabado seas Espíritu Santo!

OPERATIO ¿QUÉ NOS PIDE EL SEÑOR?

El Señor Dios Padre todo poderoso nos pide que busquemos, sigamos y escuchemos la voz de su Hijo que nos convoca al encuentro con él en la montaña de la manifestación de su gloria y quiere también que lo adoremos porque ha sido glorificado y ha recibido todo el poder, el honor y la gloria, así como el Espíritu Santo para derramarlo sobre nosotros los creyentes.

El Señor Jesús, Hijo del Padre que mandó a los apóstoles que enseñaran el evangelio a todas las naciones y las bautizaran en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, nos pide que seamos misioneros suyos con el testimonio de nuestra vida y con nuestras palabras enseñando el evangelio a todas las gentes.
El Espíritu Santo, que es el amor del Padre y del Hijo, nos pide que nos dejemos llenar de todos sus dones y, con su ayuda, vivamos como Iglesia, familia de Dios que experimenta cada día la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo, santificador y dador de vida.

+ Mons. José Trinidad Zapata Ortiz
VIII Obispo de Papantla

 

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